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La funda de Jonatan Román de Roma, fiel hasta el final

Hablamos de nuestras Leatherman pero, ¿qué ocurre con sus accesorios? Hoy quiero hablaros de la funda de mi herramienta.

Ni más ni menos que 15 años. Eso es lo que ha resistido la funda de mi Leatherman. Ha sido arrastrada, mojada, embarrada… Se ha comportado siempre como el primer día: dispuesta para el servicio, para un nuevo trabajo. Ha aguantado hasta sus “curas de emergencia”: grapas y velcro adhesivos. Siempre salvaguardando su logotipo rojo.

Hoy me ha llegado su sustituta. Está flamante: negra, letras y logotipo en amarillo, velcro nuevo. Diseñada para mantener tu Leatherman abierta, en modo trabajo, mientras realizas una acción concreta. Y ahora toca el dilema, ¿qué hago con la predecesora?

Muchos sabemos lo que una nación, que verdaderamente cree en sí misma, hace cuando una bandera nacional se deteriora y no puede más cumplir su cometido de honrar a su país y su pueblo. Debe ser enterrada en una caja de madera, incinerarse, o si ha sido muy significativa debe ser expuesta en una vitrina con la fecha de su primer izado y arriado definitivo ante el público como en un museo. Y ante este hecho de gran calado sentimental me debato. Sé que tirar mi funda Leatherman a la basura no es una opción. Lejos de guardar objetos innecesarios como un friki o un tipo con algo de síndrome de Diógenes, he decidido dedicarle este artículo antes de decidirme cuál será el momento para que sea pasto de las llamas, como si de una falla y su Cremà se tratara y darle así  su merecida jubilación y despedida.

Quince años…Gracias por proteger mi herramienta indispensable, siempre ahí,  gracias por no fallar nunca.

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